01


capítulo

Os presento el primer capítulo de la nueva reedición de Asandala, las crónicas de Aricia.

Para mi ha sido un placer estar todo un año cuidando y amando este libro, y ahora, pronto, lo tendréis a vuestra disposición.

Aricia apretó los flancos de su águila blanca y sujetó

fuertemente las riendas. Se preparaban para caer en picado desde lo alto del

cielo hasta la ciudad. La elevada velocidad hizo reír alegremente a la joven princesa.

Las nubes se arremolinaban a su paso mientras jinete y montura las atravesaban

limpiamente.La sombra del águila pasó por encima del puerto, siguió la

calzada del mercado y comenzó a subir la colina hacia el palacio real. Eran

pocos los que se sorprendían de ver a una niña montada en un águila gigante. Ya

conocían a la princesa Aricia.

El águila rodeó el palacio y se posó en el pequeño jardín preparado al uso. La niña saltó al suelo abrazando a Serena y el animal le dioun cariñoso empujón con el pico. Hasta ella sabía que iba tarde. Se asomó al pequeño estanque y vio su cabello rizado completamente revuelto. Decidió que su cinturón iría mejor como diadema y se

intentó alisar su arrugado vestido. No había mucho que hacer. Recorrió la zona,

pero no encontró sus sandalias. Así que tendría que entrar en la recepción

descalza.

De nuevo. Aricia se encogió de hombros y subió las escaleras de dos en

dos hasta que llegó a la cúpula donde sus padres y toda la corte le estarían

esperando. Frunció el ceño pensando en ello. «Soy muy joven para comprometerme.

¡Solo tengo once años!».

Sus silenciosos pasos no alertaron a los cortesanos

que hablaban y reían en la sala. Hasta que el rey carraspeó al verla, nadie fue

consciente de que había entrado la heredera.Su hermana Amy miró horrorizada sus pies y su alborotado cabello, pero sus padres, ya acostumbrados, le indicaron que se sentara junto a ellos.

—¡Bienvenidos todos a la fiesta de compromiso de mi hija

Aricia con el príncipe Hans de Ignicia! —anunció el rey Hemor.

Había dos jóvenes vestidos de rojo y negro, uno de ellos sería su prometido. Ella se acercó a saludarlos y dio la mano al primero. La visión llegó de inmediato. Un bosque muy tupido dejaba paso a un estanque rodeado de flores. Allí había dos jóvenes mirando el agua. El chico, el mismo que le daba ahora la mano, pero más mayor, le decía al oído ·estoy enamorado de ti· mientras  la luna sacaba brillos del aguaAricia soltó la mano ligeramente asqueada y miró a su madre.


Ella sabía lo que había pasado y le dio a entender que lo hablarían más tarde.

—¿Eres mi prometido? —se dirigió hacia él. El joven, sonrojado, negó con la cabeza.

—Soy el príncipe Hans de Ignicia —se adelantó el otro chico, algo más joven que el primero— él es mi primo Gerar.

Aricia entonces le dio la mano educadamente a Hans, y de nuevo,otra visión atravesó su mente como un rayo. Una versión más adulta de ambos paseaba por el jardín del palacio. Ella acariciaba su vientre abultado y él la miraba con adoración.

Aricia volvió a soltar la mano del chico y se fue a su sitio lo más deprisa que su esmerada educación le dejó. No entendía nada. La reina vio su apuro, pero había demasiada gente alrededor para poder hablar de ello, así que, moviéndose con dificultad debido a su avanzado embarazo, indicó a los invitados que pasaran al comedor.

El príncipe Hans le ofreció el brazo a Aricia y ella lo tomó sin tocar su piel, para evitar otra visión. Se dirigieron a la sala donde una opulenta comida les esperaba. Una suave música sonaba desde un rincón. Se sentaron en los puestos indicados mientras Aricia lo miraba de reojo. El príncipe parecía ya un hombre, aunque solo tenía cuatro años más que ella.

Respiró hondo y levantó esos ojos verdes ahora decididos a seguir adelante con sus deberes reales. Comenzó a sonreír y a hablar con sus vecinos de mesa, tal y como le habían enseñado su madre y su aya Michu.  Cuando acabo la comida y los visitantes se retiraron, Aricia pasó a ver a su madre que ya reposaba en el lecho. Sus hermanitas gemelas entraron como torbellinos en la habitación para desearle las buenas noches, aunque Yleva, el hada niñera, las tomó pronto de la cintura y se las llevó literalmente volando a su habitación,con las consiguientes risas de las pequeñas. La princesa las miró sonriendo y se sentó junto a su madre,en la cama.

—Pequeña, ¿has tenido una visión? —acarició su cabello rebelde con cariño.

—Sí, madre. Me vi a mi misma, de mayor, con los príncipes de Ignicia. Primero me amaba Gerar, luego Hans —Aricia miró sus manos en el regazo poniéndose colorada— no entiendo por qué.

—Hija, a veces las visiones no son exactas. Las circunstancias pueden cambiar, y lo que ahora es, puede que luego no sea. El tiempo te mostrará el motivo.La reina masajeó su vientre, recolocando su joya de poder en el sitio adecuado. Aricia tomó el aceite de fruta blanca de la mesita y retiró el camisón de su madre para extendérselo por su prominente embarazo. Masajeó la suave piel, produciéndole un sopor hasta que se quedó dormida. Aricia pensó con tristeza que estas dos niñas serían las últimas. Todavía no sabía por qué, pero no era algo bueno.La reina Maisiri dormía suavemente y su hija la arropó. El rey entró entonces en la habitación y besó la frente de su esposa.

—Procura encontrar tus sandalias el próximo día —regaño suavemente el rey mientras se recostaba junto a su esposa.

Ella asintió y salió sin hacer ruido. Se dirigió hacia la torre. Allí estaba su habitación. Ella había elegido vivir allí porque tenía las mejores vistas de toda Etherea y era el lugar perfecto para que sus amigos, los elementales del aire, se colasen por las altas ventanas. Aunque todavía no tenía edad para entrenar con silfos, ella hacía caso omiso. De hecho, fueron ellos quienes contactaron con ella cuando solo tenía ocho años. Desde entonces, las diminutas criaturas le habían enseñado a dirigir las corrientes de aire, con algún pequeño accidente, como cuando provocó un pequeño tornado en los cultivos del sur de Etherea.

Por suerte, los campesinos acababan de recoger la cosecha y las pérdidas fueron mínimas. La magia de su piedra joya no era tan potente como la de su madre y aveces, perdía el control. Tocó su vientre y frotó la piedra preciosa que ocupaba el lugar de su ombligo desde su nacimiento y que era fuente de su poder. Después buscó en su biblioteca y se sentó en su cama con un libro sobre Ignicia, el reino de su prometido. Su padre se lo había dejado hace unos días para que se informara bien antes de la visita. Allí obtenían piedras brillantes y muy valiosas con las que adornaban los trajes de los nobles.

Durante la recepción, justo antes de marcharse, Hans le había regalado una preciosa piedra brillante de color verde claro: «como tus ojos», le había dicho mientras ella se sonrojaba. Estaba engarzada en una fina cadena. Abrió el delicado cofre que la contenía y se la colgó en el cuello. Nunca había tenido nada tan bonito.Repasó con el dedo el mapa de Ignicia y luego la descripción de las plantas y de los animales que vivían allí. Los que más le gustaban eran los dragones, aunque decían que habían desaparecido. Dejó finalmente el libro y se arropó en la cama, mirando las estrellas. Si en algún momento iba a vivir al reino de Hans, tendría que saber defenderse, pues era inhóspito y sus habitantes no apreciaban mucho a las reinas, desde que su madre dejó abandonado al heredero de Ignicia por un soldado solterrano, su padre, el rey Hemor. Por suerte, su padre se había encargado de enseñarle a manejar el arco y el cuchillo, a escondidas de la reina Maisiri. Cada anochecer bajaban a las solitarias mazmorras del castillo y practicaban. Él siempre decía que una reina debía saber defenderse, con o sin poderes. Se arropó en la cama apagando el candil y miró por las altas ventanas hacia las estrellas. Aunque no fuera una guerrera, al menos podría luchar en la batalla que presentía que iba a suceder. Muy pronto.

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