Esta historia está dedicada a Marcos, el hijo de una buena amiga, Sara Gracia, fan del libro de Asandala. Las crónicas de Aricia e integrante del grupo de personajes del siguiente libro: Asandala. El viaje de Vivaz.

Esto va para ti!

Marcus, el dragón dorado

Un violento y caliente aire se introdujo en la cueva donde se habían escondido. La dragona, sabiendo que su final estaba cerca, se acurrucaba contra su bebé recién nacido.

Hacía solo dos días que había salido del cascarón. Los guerreros de Miscea la habían perseguido y herido de muerte, buscando su icor, para obtener mayor poder. Ese líquido dorado que se encontraba en su estómago principalmente y distribuido por todo su cuerpo, y que le daba el poder de escupir fuego. Los humanos deseaban siempre ser más poderosos que el resto. Siempre guerreando unos contra otros.

Ellos no sabían que una vez fuera del cuerpo del dragón, el preciado líquido se convertía en un espeso y negro fluido inútil para ellos. «¡Qué necios son los humanos!». Ya habían asesinado a su pareja, el gran dragón Voraz y ahora ella posiblemente iba a morir, dejando indefenso a su pobre pequeño, que sería devorado por las alimañas.

-Oh mi Diosa, sé gentil y protege a mi pequeño. Es indefenso y no podrá sobrevivir. Envía a alguien de buen corazón que pueda cuidarlo y criarlo. ¡Diosa Luna! sé que me escuchas. Te lo suplico. No dejes morir al último dragón dorado.

Una leve brisa fresca se introdujo en la cueva. Rescoldo suspiró. Gracias a la Diosa, había sido escuchada.

El pequeño se revolvía inquieto y ciego todavía, pues los dragones tardan una semana en disolver las espesas membranas que rodean sus ojos. Ella acarició a su pequeño con el morro.

-Vas a ser fuerte, Marcus, tus alas serán tan largas como las de tu padre y serás capaz de expulsar fuego como yo. Realizarás hazañas milagrosas y todos te recordarán. Ojalá encuentres a alguien que te quiera casi como yo.

El pequeño se metió debajo del ala de su madre.  Ella sangraba demasiado. Ya no había podido curar esa grave herida. Por lo menos, había acabado con casi todos los soldados y tardarían en recuperarse. Aun así, no bajaría la guardia.

Un bostezo se escapó de la pequeña boquita. Apenas medía como un conejo pequeño, a pesar del gran tamaño de su madre. Las alas todavía estaban húmedas y unas finas venitas transparentes se extendían por toda su piel.

-Marcus, mi pequeño dragón dorado….

La vida de la dragona se fue esfumando poco a poco mientras el pequeño, sin ser consciente de ello, se acurrucaba hacia su mamá.

Todavía estaba el cuerpo caliente de su madre cuando se escucharon unos ruidos del exterior.

Vivaz, el joven sirénido, había llegado a la cabeza de la expedición, explorando el terreno. Se acercó con mucho cuidado al dragón que yacía en el fondo de la cueva. Era un mítico dragón dorado, su abuelo le había contado historias, pero él nunca las creyó. Se decía que quien bebía su sangre se convertía en un guerrero muy fuerte. Pero él no iba a beber la sangre de un animal muerto. De hecho, sintió lástima. El dragón tenía una gran herida en el costado que le había causado la muerte, seguramente hecha por humanos, la raza más cruel de toda Asandala.

Comenzó a volver hacia la salida de la cueva cuando un leve ruido le alertó. Sacó la espada de su padre y se dispuso a defenderse. Un chillido suave, como cuando lloraba un bebé le hizo bajar la guardia. Se acercó hacia donde provenía el sonido. Algo se movía en el fondo de la cueva. Tomó su antorcha y la lanzó hacia allá. Cayó en el suelo donde un pequeño dragón no más largo que su pierna daba vueltas como mareado.

Vivaz se quedó parado. ¡Un bebé dragón!

Se acercó con mucho cuidado para no asustar al bebé que le miraba siseando. Vivaz recordó que llevaba un poco de carne salada en el zurrón. Con movimientos muy suaves introdujo la mano y sacó una pieza y se lo ofreció al dragón. El pequeño ladeó la cabeza y olisqueó.

-¿Tienes hambre eh pequeñín? Siento que hayas perdido a tu mamá. yo tampoco tengo…o bueno tengo pero como si no la tuviera. ¿Quieres un poquito? vamos…

La suave voz y el olor apetitoso de la carne acabó por convencer al pequeño dragón que se acercó y arrebató de su mano la pieza. Masticó ruidosamente la carne, que no era gran cosa, pero para un dragón hambriento, suficiente de momento.

Un pequeño eructo salió de la boca seguido de una bocanada de humo gris.

-Vaya, no sabes todavía echar fuego, ¿eh? Debes tener una semana o dos. Dicen que los dragones son inteligentes. ¿Sabes hablar? ¿Puedes comunicarte conmigo?

El dragón se volvió hacia él mirándole la mano y después el morral. Vivaz comprendió enseguida. Desde luego no hablaba pero se hacía entender. Sacó su última pieza de carne y se la lanzó. El pequeño dragón la cogió en el aire. Vivaz se sentó en el suelo viendo como devoraba su última ración. Esperaba llegar pronto a algún sitio donde hubiera comida, porque si no, iba a pasar mucha hambre.

El dragón se volvió hacia él. Ya había terminado su festín. Se sentó delante de Vivaz mirándole a los ojos directamente. El chico estaba maravillado. Así sentados, estaban casi a la misma altura.

«Marcus…yo..»

Una voz como un susurro entró en su mente. El chico procuró no sobresaltarse.

-¿Tú eres Marcos?

El dragón corrigió «Marcus, hijo del dios Marte. Todos los dragones lo somos.»

-¿Tu madre murió?

«Creo que la asesinaron los humanos. Pero tú no lo eres.» la voz susurró en su mente como un soplo de aire fresco.

-No lo soy, al menos totalmente.

«¿Me vas a llevar contigo?»

-Eh, bueno, yo, estoy en un grupo. Viajamos a través del desierto hacia el sur. Estarías mejor aquí.

«No, la Diosa te envió. Ahora somos compañeros.»

Vivaz adelantó la mano para tocar al dragón y éste le dio un pequeño mordisco.

-Ah! ¿por qué me has mordido?

«Quería saber si eras tú el enviado de la Diosa. Y sí, lo eres.. Además al morderte, he probado tu sangre y por tanto, siempre sabré dónde estás»

-¿Cómo puedes saber tantas cosas si acabas de nacer?

«Los dragones somos seres eternos y los conocimientos pasan de uno a otro cuando nacemos. Solo que a veces, nos cuesta asimilar tanta información. Poco a poco recibiré el resto. Pero bueno, ¿nos vamos?. Y tranquilo tus compañeras de viaje estarán encantadas. Además de escupir fuego, somos capaces de ver algunos retazos del futuro.»

Vivaz se levantó y caminó hacia la salida. El pequeño Marcus le siguió caminando torpemente, feliz de no estar solo.